LOS AMBIENTES CATÓLICOS JUVENILES EN TIEMPOS DE LA REVOLUCIÓN
CUARTA ENTREGA
2.6.
Primera prueba:
la independencia.
Si esto lo
entendemos bien todo el movimiento de la independencia se puede comprender de
manera muy simple, Cuando Fernando VII estaba preso por Napoleón, el cura
Miguel Hidalgo se levanta al grito de “Viva la Virgen de Guadalupe, Viva
Fernando VII y muera el mal gobierno”, tres elementos: el religioso en primer
lugar, otro elemento era Fernando VII que se pensaba se le podía acoger como
Rey de La Nueva España pues representaba la idea de perdurar con la política
tradicional española, y el tercero era que ya a esas alturas la influencia
francesa en la Nueva España era muy grande y no tenía contenta a la sociedad,
aunque hay que decir que la idea de levantarse en armas de Hidalgo no era
compartida por todos, finalmente por eso fracasó el movimiento armado, aún
Morelos en los Sentimientos de la Nación menciona como parte de la identidad
mexicana a la Iglesia Católica como única religión, pero unos años después en
1821 se da el hecho que demuestra el carácter católico de la sociedad cuando el
28 de septiembre se firma el acta de independencia del Imperio Mexicano, un día
después de la entrada del ejercito trigarante o de las tres garantías en donde
por primera vez se usan los tres colores de nuestra enseña nacional y las
cuales eran: “la unidad religiosa teniendo al catolicismo como única religión,
La independencia completa respecto de España con una monarquía constitucional
como gobierno, ofreciéndose la Corona a Fernando VII, o en su defecto a otro
miembro de su familia y la unión de todos sus habitantes sin distinción de
razas”.[1]
RELIGION,
UNIÓN E INDEPENDENCIA, blanco, rojo y verde respectivamente, es una de las
pocas veces en que la gran mayoría de los habitantes de México están unidos en
un mismo objetivo.
2.7.
Segunda
prueba: la revolución.
Sin embargo de
ser un final feliz la historia se convirtió en una sucesión de hechos trágicos
ya que el siglo XIX en México se caracterizó por innumerables revueltas, arrebatingas
por el poder, invasiones extranjeras, persecución a la Iglesia, todo esto
desorientó al país y con ello a los mismos católicos, pero como muchas veces en
la historia, Dios por medio de la Divina Providencia interviene a favor de la promoción
de la Iglesia, el 15 de mayo de 1891 el papa León XIII escribe la primera encíclica
social, la Rerum Novarum, en ella da respuesta a las convulsiones que el mundo
estaba viviendo a causa de la revolución industrial, el avance del capitalismo
y el comunismo.
Pero no fue
tan sencillo como está escrito en el párrafo anterior, en realidad se dieron
circunstancias que favorecieron que la Iglesia gozara de cierta libertad para
renovarse en México. Tan pronto como el papa León XIII asumió el papado, realizó
una labor diplomática de conciliación, envió cartas a todos los monarcas y jefes
de estado invitándolos a estrechar lazos entre la Santa Sede y las respectivas
naciones, esta acción respondía a la herencia que recibió de su antecesor el
papa Pío IX (1846-1878), después de la perdida de los Estados Pontificios, a lo
largo del pontificado de León XIII las relaciones Iglesia-Estado mejoran
notoriamente en lo general promoviendo un ambiente de distención del cual
México no estuvo exento.
Por otro lado
el general Porfirio Díaz quiere hacer algo similar pues pretende borrar en lo
posible la imagen que México había acumulado durante tantas décadas de
conflictos y revoluciones, y procurar mostrar un gobierno con rostro civilizado
y moderno. Para lograr esto, entre muchas cosas debía mejorar sus relaciones
con la Iglesia y esto se pudo alcanzar gracias a las relaciones que tenía Don
Porfirio con las altas jerarquías de la Iglesia. La misión diplomática de
monseñor Nicolas Averardi (1896-1900) y la mesura que el visitador pontificio
exige a los periodistas católicos son algunos de los factores que generan una
atmósfera propicia para la conciliación de interés dando como resultado que la
Iglesia en México tuviera oportunidad de reorganizarse y renovarse[2].
También al
interior de la Iglesia en México se dieron varias circunstancias que
favorecieron una renovación, entre ellas se puede mencionar que el Concilio
Vaticano I dio una renovada seguridad doctrinal a toda la Iglesia; los gestos
renovadores de León XIII y su capacidad diplomática fueron interpretados por el
Episcopado Mexicano como una invitación a suavizar las posturas polémicas; el
acento social del Magisterio pontificio, acentuado con la encíclica Rerum
Novarum (1891) impulsaba el avance de las organizaciones católicas y estimulaba
la atención en el campo social y político; el fallecimiento del arzobispo de
México, Pelagio Antonio Labastida, en 1891, protagonista de los difíciles años
del imperio, de la restauración republicana y de las leyes de reforma y la toma
de posesión de su sucesor, Próspero María Alarcón; y el elemento que puede ser
el más importante: la constatación del atraso del catolicismo mexicano en lo
que se refiere a pastoral social y a la organización de las fuerzas del
laicado, todo esto impulsó la urgencia de hacer presente el mensaje cristiano
en la sociedad de la época para regenerarla.
Un ejemplo que
prueba la apertura que estaba teniendo el gobierno fue la celebración en México
del Concilio Plenario de América Latina del 28 de mayo al 9 de julio de 1899,
el Visitador Averardi menciona en una carta a Eulogio Gillow, arzobispo de
Antequera que el mismo gobierno ve con buenos ojos la celebración del evento en
México[3].
A esto se
suman los Congresos Católicos Nacionales realizado el primero en la ciudad de
Puebla en 1903, y el segundo Congreso Católico Nacional y primero Mariano se
celebró en Morelia en 1904. En Puebla el tema principal fue la cuestión social
y en Morelia predominó el tema Mariano, pero no por esto se dejó de lado el
tema social, de hecho fue la primera vez que se trató el tema indígena[4].
Todos estos
antecedentes muestran una Iglesia preocupada y ocupada por una sincera
renovación, además deja ver el compromiso que ésta asumía de iluminar con la
doctrina la cuestión social, de esta manera se generaron muchas inquietudes en
la sociedad y en especial en los círculos obreros los cuales estaban
preocupados por su cuestión laboral, se puede decir que lo que la Iglesia hizo
en México durante los años previos a la revolución generó un ambiente que
propició en buena medida la idea de una renovación política que se tradujera en
condiciones laborales justas, desafortunadamente el desenlace fue de nueva
cuenta trágico ya que la inquietud social degeneró en el movimiento armado
revolucionario que dejó como saldo un millón de muertes, entre ellos los
mártires de la guerra Cristera.
2.8.
Análisis: ¿en
qué posición quedo la Iglesia durante la revolución?
Lo que sucedió
a la Iglesia Católica como lo comenté al inicio de este trabajo se puede ver de
dos maneras, si analizamos los hechos sin tomar en cuenta la intervención de
Dios podemos afirmar que la Iglesia tuvo “mala fortuna” ya que cuando
Victoriano Huerta ocupó la Presidencia, existió cierto acercamiento entre él y
algunos obispos con intenciones diferentes. Primero el presidente consideró que
el apoyo de la Iglesia podía representarle un respaldo y los obispos pensaron
que de esa manera podían asegurar una continuidad de la paz porfiriana que le
asegurara a la Iglesia continuar con el desarrollo que había tenido durante la
paz porfiriana. No se pretende juzgar a Victoriano Huerta como un personaje
positivo o negativo para la historia, solo que en la visión que estamos
analizando resultó que sus enemigos políticos le ganaron la partida y
consideraron a la Iglesia como parte de la maldad que Victoriano Huerta
representaba para ellos, de tal manera que esto les dio los argumentos
necesarios para justificar las leyes anticlericales que se manifestaron en la constitución
de 1917 y que desencadenaron en la persecución religiosa sucedida en México de
1926 a 1929.
Pero esa
visión se queda corta para los creyentes, ya que en una visión trascendente se
debe asumir que Dios permite males para sacar bienes mayores y si bien por los
movimientos políticos de la época se puede decir que la Iglesia fue lastimada;
finalmente resultó fortalecida por el testimonio de congruencia y heroísmo que
mostraron muchos mexicanos y de manera más particular los jóvenes católicos, en
especial los mártires que dio la persecución, la identidad de una nación no se
puede cambiar por decreto y durante la mayoría del siglo XIX los principales
portadores de esa identidad eran los católicos y estos, por razones ya
expuestas anteriormente habían permanecido confundidos y hasta cierto punto
aletargados, pero cuando existieron las condiciones propicias, los católicos
resurgieron con un gran ímpetu y si ese letargo pareció de alguna manera que la
esencia del catolicismo estaba perdiéndose en la sociedad resultó que no fue
así, no se pueden dar mártires ni en la cantidad en que se dieron si el mensaje
cristiano no está suficientemente consolidado en la sociedad, a los jóvenes se
les reconoce como los principales actores de las transformaciones sociales,
pero en la historia pocas veces se habla en particular de ellos como promotores
de los cambios sociales, en México el testimonio que dio por ejemplo la ACJM
(Acción Católica de la Juventud Mexicana) da cuenta de cómo fueron capaces de
organizarse de manera sumamente eficiente en las labores de la defensa de los
derechos de la Iglesia y colaborando en la solución de gravísimo problema
social, bajo la inspiración y animación del padre Bernardo Bergoend (1871-1943).
Continuará....
[1] Los mitos del bicentenario, pag.
102, Nemesio Rodríguez Lois, Ed. Minos.
[2] EL AGUIJON DE ESPÍRITU, Historia
contemporánea de la Iglesia en México (1892-1992), pag. 45-47 José Miguel
Romero de Solis Ed. Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC).
[3] Averadi a Eulogio Gillow (27 de
febrero de 1898), en: VAM-ASV, caja 13 pos. 151: Sinodi provinciali e diocesani. Sinodo nazionale. Concilio Plenario, f
267 vta. “Como bien sabe V.S.I, yo en una relación que hice a la Santa Sede,
expuse la conveniencia que sería celebrar en esta República dicho concilio
plenario; idea que mucho agrado al Excmo. Sr. Presidente (según me lo indico
alguna vez que le hable de este asunto), y que reportaría, así en lo político
como en lo religioso, grandes bienes a la Iglesia Mexicana, Por consiguiente,
el parecer de V.S.I. y el de los otros Ilmos. Sres. Obispos vendría a confirmar
lo ya expuesto por mí a la Santa Sede.”
[4] Memoria del Segundo Congreso Católico Mariano, Morelia, Talleres tipográficos
de Agustín Martínez Mier, 1905.
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