Un camino de cercanía, justicia y esperanza que marcó mi vida.
El 13 de marzo del año 2013, mientras iba en mi automóvil rumbo al tradicional Testimonio Don Vasco, que organiza cada año en su aniversario mi querida Universidad Vasco de Quiroga, encendí la radio.
Cuál sería mi sorpresa al escuchar que ya había salido humo blanco: se había elegido al nuevo Papa, sucesor del célebre Benedicto XVI. Me mantuve atento, esperando el nombre del elegido. Al saber que se trataba de un Papa latinoamericano, me emocioné profundamente. Comprobaba que los vientos de cambio también estaban soplando dentro de la Iglesia. No voy a negar que me sorprendió que fuera argentino, ya que en ese momento no conocía bien la dinámica de la Iglesia en Sudamérica.
Cuando escuché el nombre Jorge Mario Bergoglio, fue un total desconocido para mí. No obstante, me sentí profundamente emocionado: un hermano de nuestra América hispana era elegido Papa. Sentí que, de alguna manera, nuestro estilo de ser podía influir en la configuración de la Iglesia en los años venideros. Estaba tan conmovido que mis ojos se humedecieron de alegría y entusiasmo.
El Papa Francisco nos sorprendió a todos con su estilo. Era, sin lugar a dudas, un latinoamericano típico: directo y cercano, alegre y profundo, con una gran sensibilidad hacia los pobres y excluidos. Rasgos que, creo yo, compartimos en nuestras naciones hermanas.
No dejaba de asombrarnos con sus documentos, encíclicas y cartas pastorales, en los que lograba una combinación admirable de simplicidad, profundidad y practicidad.
Nos dio un llamado de atención a los católicos con su encíclica Evangelii Gaudium, donde nos invita a reflexionar sobre nuestra actitud como cristianos frente a los nuevos tiempos. Nos habla de la necesidad de apertura, de ánimo para el encuentro, para que el Espíritu Santo transforme los corazones. Nos impulsó a tener una actitud de salida, de conquista más que de defensa, recordándonos que poner a la persona al centro implica dejar de lado las críticas para convertirnos en rostro de Dios para los demás. Con su estilo desenfadado, nos invitó a mostrar el rostro de Cristo.
Abrió nuevas reflexiones sobre la ecología y el cuidado de la casa común. En su encíclica Laudato Si’, nos llamó a reconocer que una ecología integral nos incluye a nosotros, los seres humanos, y nos empujó a encontrar un equilibrio entre la responsabilidad frente al daño causado al entorno y la necesidad de buscar modos sustentables de habitar el mundo, cuidando tanto del ambiente como de la humanidad.
Nos convocó a un Pacto Educativo Global, reconociendo que si queremos cambiar el mundo, debemos transformar la cultura, hacerla más humana desde una perspectiva actitudinal. Y para ello, la educación es el camino. Pero alcanzar esa meta exige el compromiso de todas las partes: sociedad civil, gobiernos, universidades y naciones. Este pacto era, en su visión, condición para lograr la propuesta de su siguiente documento.
En Fratelli Tutti, nos presentó un horizonte de esperanza, mostrándonos que un mundo más fraterno es posible. Muchos otros documentos nos regaló, siempre empujando, convocando, invitando a recorrer un camino estratégico para el desarrollo de la Iglesia y del mundo.
Para mí, fue inevitable recordar las palabras de San Juan Pablo II cuando nos convocaba a construir una Civilización del Amor. Era como si el Papa Francisco nos estuviera diciendo, metodológicamente, cómo lograrlo.
En los últimos años de su pontificado, y con la madurez que los años me han ido dando, comprendí mejor cómo el Espíritu Santo mueve la historia de la salvación. Al estudiar algunos documentos del Papa Benedicto XVI —especialmente Caritas in Veritate— y con la ayuda de asesores y sacerdotes amigos, entendí cómo el papa Benedicto XVI profundizó, con gran rigor, en el ejercicio de la caridad.
La caridad, es decir, el amor, debería ser el distintivo de los cristianos. ¿Qué relación tiene el amor con la ecología, con la economía, con la sociedad, con nuestra vida ordinaria e incluso con nuestro desarrollo histórico desde los primeros homínidos? Descubrí que el amor se vive mucho más de lo que parece en la vida cotidiana. Cada día está lleno de ejercicios de amor. Nuestra sociedad es, en gran medida, una amistad, y eso es connatural al ser humano.
Así, mientras el papa Benedicto XVI profundizó en el “qué” de la Civilización del Amor, el Papa Francisco nos mostró los “cómo”.
Como todo líder que impulsa transformaciones, el papa Francisco enfrentó resistencias y rechazos. A mi parecer, él lo acogió todo con amor. Recuerdo que alguna vez dijo que simplemente estaba cumpliendo con lo que el Colegio Cardenalicio le había encomendado.
Para mí, su pontificado y su vida fueron una bendición. Hoy no puedo entenderme sin su influencia. Agradezco a Dios por las oportunidades que tuve, junto a mi familia, de encontrarme con él. Pero más allá de esos momentos, agradezco especialmente todas las enseñanzas que nos deja.
Le pido a Dios que lo reciba con los brazos abiertos, como a aquel que se desgastó en el afán de consumar la misión que le fue encomendada. Para mí, ese fue el Papa Francisco.
Dios lo guarde, y que nosotros sepamos atender su llamado y su legado, que es el mismo de la Iglesia.
¡Gracias, Papa Francisco!.

